Eduardo Rosales en las exposiciones. Tokio
 
En el Museo de Arte Occidental de Tokio (Japón) y del 5 de marzo al 16 de junio de 2002 tiene lugar la exposición: Obras Maestras del Museo del Prado.

Un busto de bronce de Leone Leoni que representa a Carlos V y 76 pinturas forman esta muestra organizada por el Museo Nacional del Prado y comisariada por Dª Pilar Silva.

Dividida en seis apartados: El retrato de corte en la España de los Austrias; Colecciones de los sitios reales; Pintura y devoción en la España del Siglo de Oro; Goya y La pintura del s. XIX en España.

Obras diversas de Velázquez, Van Dyck, Tintoretto, Veronese, Tiziano, Rubens, El Greco, Ribera, Zurbarán, Murillo, Alonso Cano, Ribalta, Meléndez, Mengs, Bajeu, Goya, Vicente López, Madrazo, Padilla, Fortuny, Rosales, Sorolla y otros, han conformado esta muestra.

 

De todas las obras llevadas a Tokio queremos resaltar Desnudo femenino (al salir del baño), de Eduardo Rosales (Madrid 1836-1873).

Esta magnífica obra ha sido restaurada por Dª. Eva Perales en los talleres de restauración del Museo Nacional del Prado, para esta ocasión. De este desnudo el último biógrafo del pintor en su obra Eduardo Rosales (Ediciones del Aguazul, 2002) ha escrito:

Un día de 1868, en su estudio de Roma, ante una tela gris que mide 185 x 90,5 cm siente el impulso del creador. Pintará un desnudo. Llama a su modelo Nicolina para que pose. En pie, de espaldas y cuerpo entero, inclinándose a la izquierda para secarse la pierna con un paño blanco. Bastó una sola sesión, sin un titubeo. Rosales lo quiere hacer constar y escribe en el bastidor: "pintado en un día". La desnudez femenina se impone de forma natural. La impregnación del color es finísima dejando al descubierto zonas del lienzo sin cubrir. Es La mujer saliendo del baño, que con el título Desnudo femenino (al salir del baño), figura con el nº 4616 del catálogo del Casón. El Estado lo adquirió por R.O. del 12 de junio de 1878.

Rosales, como Velázquez, pinta también una figura femenina de espaldas, pero de pie, pues su intención es captar el movimiento en un rápido estudio.

La obra es una maravilla de luz. Sobre un fondo oscuro, pardo, con una gran cortina, a la izquierda, de un verde intenso y un baúl a la derecha, reflejándose en el agua la cortina y el paño, destaca el desnudo de Nicolina lleno de morbidez. Suntuosa gama de rosas y pardos. Colores delicados, prestigiosos y sensuales.

 

Gregorio Prieto nos ha dejado una poética descripción:

"El desnudo pintado por Rosales está concebido con castidad; hay un pudor en el pintor madrileño, como en Velázquez al pintar La Venus del espejo, que le hace preferir no la visión estéticamente más atractiva del cuerpo femenino, sino precisamente la parte más ingrata; esto equivale a decir que Rosales ha pintado su cuadro planteándose el problema desde un punto de mira difícil, desde el más difícil para el pintor; sin embargo, no ha renunciado a conseguir el donaire y la gracia, los secretos de la íntima belleza femenina, que no están a la vista del espectador, pero que éste puede adivinar. Hay movimiento en el ademán, impulso de brisa y un aletear de golondrina en retorno hacia su cálida región." (pág. 38)

Se dijo que era una obra no acabada, pero Rosales nunca pensó en "acabarla", no necesita una pincelada más. La maestría con que está resuelto el desnudo, el paño, la gran cortina, valen por todos los desnudos terminados del siglo XIX.

Pompey escribió: "De esta misma manera está abocetada la figura de Barba Azul, de Velázquez". (pág. 108)

Chacón afirma: "¡Cuánto más bello, más nuevo y más fuerte de pintura es este desnudo, que aquel otro, alrededor del cual tanto y tanto se ha escrito, de Le dejeuner sur l´herbe." (pág. 159), y Gaya Nuño escribe con rotundidad: "... y en solo unas horas queda trazado el más bello desnudo de mujer realizado por un pintor español desde La Venus del espejo" (A.H. pág. 338)

En una carta escrita en París el 14 de septiembre de 1925 por Francisco Bores a Benjamín Palencia, dice:

"... cuando veas en el Louvre la célebre Olimpia de Manet, que tanto escándalo armó, te quedarás atónito pues es mucho menos avanzada que la obra de Rosales del cual ha sacado muchísimo por no decir todo el revolucionario (¿) Manet." (Citada en el Catálogo de la exposición: "Benjamín Palencia y el surrealismo. 1926-1936". Galería de Guillermo de Osma. Madrid. 1994.)

La mano del pintor da forma en largas y seguras pinceladas al espléndido desnudo fruto de una repentina inspiración y que nos ha dejado una obra distinta. Si por la técnica rápida y suelta se le ha considerado impresionista, la finalidad de la pintura de Rosales le aleja de encuadrarle en la escuela francesa tan ajena a su ideario.

No es un boceto -como se ha dicho- es una pintura acabada, uno de los desnudos más lozanos del arte español. Con este desnudo Rosales se convierte en un pintor inaugural, en un pintor absolutamente moderno.

Ramón Gaya ve así esta obra:

"Pues bien, unos años más tarde, ante el desnudo de Rosales, caí en la cuenta, no sólo de su evidente modernidad (que casi no me importaba), sino que venía a revelarme, a explicarme lo que la modernidad... es. La modernidad viene a ser algo así como un tímido y atrevido frescor que, de pronto, se aviniera a dar unos pasos: nada más, eso es todo. La desdicha del arte moderno, por el contrario, es haber creído ingenuamente, tontamente, en una especie de actualidad ingeniosa más o menos inédita, que se llamaría un tanto militarmente, "las vanguardias". El cubismo es acaso el "movimiento" más noble, más pictórico de nuestro pobre siglo XX, pues todo lo que viene después -dadaísmo, expresionismo, surrealismo...- no es más que un constante galimatías falso, artificioso. Completamente inútil, además. Porque la Pintura es siempre ella misma. Nuestro siglo, en cambio, creyó que se trataba, muy afanosamente, de inventar a diestro y siniestro.
Ahora, Mujer al salir del baño, de Eduardo Rosales, no es que me parezca un cuadro antiguo ni moderno, sino pleno, completo, permanente".
(Prólogo del Catálogo de la exposición Dibujos de Rosales. Murcia. 1997).

El lienzo permaneció siempre en el estudio del pintor, que se lo trajo a Madrid.

En la pública subasta de 1873 en la antigua Platería de Martínez, tuvo un precio de salida de mil reales de vellón, vendiéndose en la puja por 2.250.

 

Luis Rubio Gil

Abril, 2002

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