LOS EVANGELISTAS DE ROSALES EN LA CATEDRAL DE MADRID

El día 1 de noviembre de 2017 fueron trasladados a la Catedral Nuestra Señora la Real de la Almudena los dos evangelistas, San Juan y San Mateo, que pintó Eduardo Rosales en 1873 con destino a las pechinas de la bóveda de la iglesia de la Santa Cruz, que se incendió, y no fue reconstruida, sino sustituida por el actual templo neogótico obra del Marqués de Cubas. Las pinturas se encontraban en la residencia del cardenal de Madrid en la calle San Justo, 2. Tan feliz acontecimiento se debe al convenio suscrito entre la Comunidad de Madrid y la Iglesia. Antes del traslado fueron restauradas por Dña. Laura Riesco Sánchez con objeto de “volverlas a la vida”. “Al ser de gran formato – más de tres metros de alto – y como consecuencia del paso del tiempo se habían ido deformando y las telas se vencían por su propio peso”. El primer problema era el gran tamaño por lo que la restauradora ensambló varios paneles para construir un soporte rígido sobre el que colocar las telas y hacer los trabajos de consolidación estructural. Después limpió los barnices antiguos y oxidados que tenían más de 150 años de antigüedad y estaban deteriorados y finalmente reintegró el color original y colocó un nuevo barniz para proteger el cuadro.

La restauradora destaca, en esta obra de Rosales, el dibujo y la luz. “El tratamiento de la iluminación es muy bueno y natural; parece que encima de las figuras hay una ventana que las ilumina, son dos obras maestras. El escorzo que imprime el artista a los evangelistas es maravilloso, la sensación de movimiento y dinamismo está muy conseguida. Cuando Rosales hace el cuadro no duda, traslada el boceto al lienzo y luego pone color al dibujo, pero lo hace tan perfecto a la primera que aún se observan los trazos de carboncillo que hizo antes de aplicar la pintura al lienzo.

Tuvimos la suerte de poder contemplarlos en la antesala del despacho del cardenal de Madrid, entonces el cardenal Rouco Varela, en San Justo, 2, guiados por el sacerdote D. José Félix. Hace diecisiete años.

ALGO DE HISTORIA SOBRE LOS EVANGELISTAS DE ROSALES
El 25 de octubre de 1872 nació en Madrid su segunda hija, a la que pondrá el nombre de Carlota.

Un rayo de esperanza volvería a iluminar el horizonte del pintor que, a finales del año, acusaba de nuevo los estragos que la dolencia iba dejando en su cuerpo.

Comienza el año 1873, último de la vida de Eduardo Rosales. Amadeo I de Saboya, solo y sin ver solución a los problemas que se le presentaban, decidió abdicar, abandonando España en febrero de 1873 después de reinar dos años y dos meses. Su renuncia venía motivada por lo que el mismo rey declaró en el escueto comunicado que entregó al presidente de las Cortes: “... todos con la espada, la palabra y la pluma agravan los males de la nación; todos pelean y se agitan entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública es imposible hallar cuál es la verdadera y más imposible hallar el remedio para tantos males”. En España advino la Primera República de nuestra historia con gran conmoción en la política. Una serie de alteraciones de orden público llevaron la inseguridad hasta los más apartados lugares.

En el mes de enero, el día 5, llegaban a Murcia, en tren, por segunda vez, Rosales, su esposa, su hija Carlota y la nodriza de ésta.

La familia se dirige a la Fuensanta y se aloja en la vivienda del sacristán del Santuario. Rosales pide le concedan una gran habitación de la hospedería que estaba destinada al Cabildo para instalar en ella su estudio.

Pronto tienen que abandonar la Fuensanta, pues el lugar se ha hecho inseguro al merodear por sus alrededores bandas de ladrones.

El 17 de enero Maximina escribe a su hermano Fernando. Le comunica la causa por la que tienen que irse de la Fuensanta, e instalarse en la calle del Carril de San Agustín, 17, en Murcia:
“Apenas llegamos, robaron el Santuario al día siguiente, y no sé si fue del susto, o que no he quedado completamente bien, que pasé dos días bastante mal, y tuvimos que coger los trebejos con harto sentimiento de Eduardo pues aquello le gusta en extremo. En casa de pintores, aquí en un Estudio que ha encontrado bastante regular. Está bastante bien, a pesar del cambio de comidas, y del trajín que ha traído en este tiempo.

En la misma carta Rosales confirma la marcha a Murcia:
“Querido Fernando: estamos bien pero el éxito no ha respondido a la esperanza del viaje: muchos tropezones y mil dificultades se me presentan para la ejecución de mis grandes cuadros por falta de local a propósito: nuestra estancia en la Fuensanta se aguó por dificultades que puso el cabildo para cederme el local, que es un salón de ellos, cuestión diplomática y de competencia con los Comisarios que me lo ofrecieron y a más de esto el robo del Santuario asustó a las mujeres, Maximina se puso mala y a los 3 días de haber ido allá con lo necesario para pasar tres meses tuvimos que cargar con el menaje y dar la vuelta a Murcia con un humor... que no es para dicho, con que paciencia.”

El estudio que busca Rosales lo necesita para acometer la pintura de los Evangelistas, encargo que había recibido antes del mes de agosto de 1872, pues así se lo hace saber a Gabriel Maureta en carta fechada el 6 de agosto desde Panticosa:
“No te he dicho que me hicieron un encargo muy lisonjero, si bien poco lucrativo: la junta encargada de la dirección de las obras de Santo Tomás me propuso si me quería encargar de la ejecución de los 4 evangelistas que van en las pechinas y yo he aceptado con mucho gusto. Para mí sería cosa de hacerse en un par de semanas cada uno poniéndose a ello con buenos bríos y son de partido para hacer algo grandioso y de buen sabor, de lo que a mí me gusta; pero esta picara salud mía es mi ruina y mi desesperación, a lo mejor decaen mis fuerzas y ya no hago nada de provecho: pero en fin, es cosa muy agradable, no resultan muy grandes, vez y media el tamaño natural, y aunque van muy altos, haciéndolos muy vigorosos de claroscuro creo que no pasarán desapercibidos. No me tasan el tiempo, de modo que los iré haciendo con comodidad, aunque desearía meterme en todos ellos enseguida ¡Buenos figurones podrían hacerse, acordándose un poquito de la Sixtina! No hables de ello con gente de la profesión porque yo a nadie he dicho nada aunque es probable que se sepa ya.”

El 13 de abril de 1872 se había incendiado la Iglesia de Santo Tomás situada entre las calles de Atocha y Concepción Jerónima. Edificada en el s. XVIII por el Conde-Duque de Olivares, sufrió varios incendios, incluso en 1726 se desplomó la media naranja de Churriguera muriendo muchos fieles que estaban en el templo.

De la iglesia primitiva, del XIV, salían las comitivas de los autos de fe que se celebraban en la Plaza Mayor. Y allí estuvo preso Diego de León, en 1841, y de allí salió para ser fusilado frente al monumento fernandino de la Puerta de Toledo.

El fuego de 1872 comenzó por el altar mayor, y en pocas horas la Iglesia quedó convertida en un ascua, hundiéndose la cúpula.

Acudieron a sofocar el incendio los bomberos, gente del pueblo, milicianos y soldados. También acudió con presteza el rey Amadeo I y autoridades.

Se formó una Comisión restauradora del templo y ésta encargó a Rosales los cuatro evangelistas que decorarían las pechinas de la nueva cúpula.

Rosales, ya instalado en Murcia, acepta vivir, por unos días, en casa de los Dubois en la calle de la Lencería y Lorenzo le deja su estudio de la calle Carril de San Agustín, como hemos dicho.

El 29 de enero de 1873 la Junta de la Comisión de Monumentos accede a la solicitud verbal que les había hecho Rosales para que le cedieran un salón del edificio, llamado del “Contraste” por las buenas condiciones que poseía y para poder instalar allí su estudio y pintar los cuatro evangelistas... “no permitiendo la entrada en el salón a persona alguna excepto a los dos discípulos que el Sr. Rosales designe como ayudantes” (Cf. Juan Aª. López pág. 28).

Trabajó con ahínco, pues en carta a su hermano Ramón del 23 de febrero le dice:
“...yo muy bien, trabajando mucho, un Evangelista ya está casi corriente.”

Rosales, ante tal encargo, tuvo en sus manos la pintura grande que él soñaba y diseña los Evangelistas de tamaño colosal, vez y media mayores que el natural. Figuras gigantescas no sólo en las proporciones sino también en la concepción y ejecución. Asombra la manera como están sentidos y pintados con un brío que trasciende y se comunica al espectador. Con admirable simplicidad pintó con amplitud las dos figuras sólidamente construidas, y ambientadas con sus símbolos tradicionales, con un gran sentido poético de la corporeidad. Nos parece increíble que de sus manos tan enfermas salieran estas robustas figuras con el escultural plegado de los paños de las túnicas marcados por contrastes de luces y sombras. Seguridad en la técnica, armonía de la forma, luminosidad del color, pincelada amplia y segura, masas grandes sin descender a pormenores, de fuertes y precisos contornos, aplicación de masas planas de color y efectos admirables de calidad y luz, acentuación del claroscuro, energía en las figuras de fuerte perfil y recia personalidad y plasticidad, son las características que podemos observar en esta obra, verdadero resumen de su potente genio, auténtico testamento pictórico, su teología del arte, y prueba de su varonil manera de pintar, y que al decir de Beruete: “parecen el resumen de su vida”.

Alejo Vera dijo al contemplarlos: “Desde Miguel Ángel no se ha hecho cosa semejante”.

Figuras miguelangelescas ciertamente por su grandiosidad. San Juan parece inspirado en el “ignudi” pintado bajo el profeta Jeremías y San Mateo en el profeta Zacarías del techo de la Capilla Sixtina.

Picón en La América escribe: “...había pintado hombres y héroes, faltábale como a Miguel Ángel pintar titanes y lo hizo.” (13 de diciembre de 1873)

No obstante -como se ha dicho- los Evangelistas tienen “el carácter tan español y tan castizo que tuvo siempre el pintor”.

Fernando Sans Cabot en su discurso de Recepción pública como miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando el 29 de junio de 1875 dijo:
“Las colosales figuras decorativas ejecutadas para la iglesia de Santo Tomás, los evangelistas San Juan y San Mateo, son concepciones juzgadas por los inteligentes como de un émulo de Miguel Ángel.

[...] Rosales era artista en el verdadero sentido de la palabra: su ejecución era franca y de un amplitud singular: su naturaleza le llevaba á ser pintor monumental. Algunas de sus obras son cuadros de pequeñas dimensiones, pero en la ejecución, más grandiosos de lo que su tamaño requería; por donde se ve que no era ésta la senda que la naturaleza le trazaba. Para exornar las lujosas pero reducidas estancias modernas, se necesita una paleta rica, espléndida y juguetona como la de Fortuny; el sobrio talento de Rosales era más propio para embellecer los grandes edificios de otras épocas más prósperas.” (págs. 47-48)

Y Luis Alfonso en la Revista de España se pronuncia lleno de entusiasmo por estas colosales pinturas:
“Como Miguel Ángel, que en su obra póstuma El juicio final, ostentó mayor suma de ciencia de genio, así Rosales en Los Evangelistas mostró a mi ver lo más relevante de sus dotes. Por la grandiosidad de la ejecución, por la majestad de su apostura, por el vigor de sus contornos, aquellas dos soberbias creaciones recuerdan también los portentosos frescos, de líneas hercúleas y concepción titánica, que la mano potente de Buonarroti dejó sobre los elevados techos de la Capilla Sixtina.

Yo no sé a qué prestar mayor respeto y entusiasmo en esos Evangelistas producto del génesis fecundo de un pintor, si a sus cabezas, inclinada por el estudio, venerable por la ancianidad, majestuosa por sus líneas la de Mateo; elevada al cielo de donde recibe la inspiración, gallarda en su apariencia, sublime en su expresión la de Juan; si a sus miembros gigantescos, trazados con un brío y amplitud que asustan, si al estudio escultural de los paños, plegados con sin igual grandeza, si al conjunto, en fin, o a los accesorios de ese postrer esfuerzo de la mente y del brazo del artista.

Los Evangelistas son el testamento de Rosales; con ellos legó a la posteridad, dolorida por su muerte, admirada por su vida, el destello radiante de un crepúsculo de gloria, el testimonio irrecusable de su valía, la prueba tangible de sus fuerzas; testamento de solas dos páginas, pero páginas tales como no se han escrito hace dos siglos; testamento que debe ser mirado con ferviente amor, con pesar intenso, porque en él se lee la voluntad del artista, el estilo del pintor y la firma del genio.” (págs. 101-102)

Como en otras obras se documentó e incluso escribió al pintor y amigo Bernardino Montañés pidiéndole consejo sobre las medidas que deberían tener sus Evangelistas.

Rosales -como hemos visto- por carta a Gabriel Maureta emprendió la tarea con gran ilusión.

Han quedado varios dibujos preparatorios, un boceto de San Juan, fechado en 1873, de pie, donado por D. Manuel Comba a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, con motivo de su ingreso en la misma, y Cabeza del Evangelista San Mateo, boceto al óleo (50x37,5 cm) adquirido por el Prado (R.O. 5 de mayo de 1902) inventariado con el núm. 4624. Es una hermosa cabeza de perfil a la izquierda, que pasará después al lienzo definitivo que representa al Evangelista. La técnica es precisa, franca, espontánea. Su trazo concreto nos recuerda al Tintoretto y a Velázquez. Ocres, siena tostada, tierra roja de Sevilla y negro se funden y dan forma a este magnífico estudio que recuerda la maestría de nuestros pintores del XVII.

En la subasta de 1873 figuran con los números 107, 108, 109 y 111 estudios para las cabezas del ángel y de San Mateo que no coinciden en las medidas con los otros citados; y con los números 110 y 112 “estudios para San Juan”. En la Exposición de 1902 figura otro estudio para la cabeza del Evangelista San Juan, perteneciente a la Condesa Viuda de Gomar, un apunte del águila que sostiene el mismo Evangelista, pintado en el tablero de la caja de campo del autor (números 49 y 50). Con los números 51, 52, 53 figuraron dos estudios de la cabeza del ángel de San Mateo y otro estudio para la cabeza del mismo Evangelista.

Estos dibujos están en paradero desconocido.

Los Evangelistas San Marcos y San Lucas fueron encargados, a la muerte de Rosales, por la Junta de Obras de Sto. Tomás a Francisco Sans Cabot y depositados en el Museo Provincial de Jaén donde hoy se encuentran.

No se han conservado en los Archivos parroquiales de la hoy iglesia de Santa Cruz, construida en el solar de la de Santo Tomás, ni en el Archivo Histórico Diocesano de Madrid, ni en el del Arzobispado de Toledo del que Madrid, al no ser en aquellos días diócesis, dependía, ni el contrato para la pintura de los Evangelistas, ni los recibos de los pagos que se hicieron al pintor (Cfr. Reparación de Templos. Madrid. 11. MA 11 Exp. 6 - MA 15 Exp. 18, del Archivo toledano).

Sí existe en el Archivo Histórico Diocesano de Madrid un folleto impreso que lleva como título: “Cuentas que la junta directiva de las obras de reparación del templo de Sto. Tomás ha rendido al Exmo. Señor Cardenal Arzobispo de Toledo, con una reseña de los hechos más importantes, para la debida apreciación de los actos de dicha junta.” (Madrid. Imprenta de la viuda e hijo de D. Eusebio Aguado. Calle de Pontejos, 8. 1878)

En las cuentas del 10 de mayo de 1873 se acredita un pago “a D. Eduardo Rosales a cuenta de los Evangelistas de 6.000 reales” y el 22 de junio otro pago “a D. Eduardo Rosales por saldo de los Evangelistas San Juan y San Mateo” de 14.000 reales, (pág. 77 y 79).

Firman las cuentas el l2 de enero de 1878, el presidente de la Junta Francisco Álvarez del Río y el secretario José de Ulibarri y Arechavala. (A.H.D. de Madrid. Tomás, Convento de Santo. Caja 31)

Lo cierto es que Maximina a raíz de la muerte del pintor reclama la propiedad de los Evangelistas según nos consta en varios documentos, entre otros, el borrador que tenemos en nuestro archivo. En dicho borrador se afirma igualmente que en 1874 se consideró nulo el contrato realizado por el pintor y no hay datos del cobro de otras cantidades que las que ponen las cartas que Maximina presenta. El Sr. Ulibarri la dijo que los libros parroquiales están depositados en la abogacía de D. José Mª. de la Hoz, el cual la dice tener todo el derecho a dichas obras y que se la entregarían cuando el Cardenal Sr. Moreno diera la orden. En la carta constan visitas al Vicario y al director del Museo, diciendo que “está dispuesta a devolver lo que en justicia me correspondiera y hacer míos los Santos que con tanta indiferencia son retenidos”. Los va a reclamar por oficio al Prado y “si no soy atendida me veré en la precisión de reclamar ante el tribunal.”

En el “Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando”. 1887. págs. 69-70, leemos un informe firmado por el Secretario General, Simón Ávalos, encargado por Maximina Martínez Blanco:
“SECCIÓN DE PINTURA. AL EXCMO. SR. DIRECTOR GENERAL DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA.
Excmo. Sr.: Esta Real Academia ha examinado los dos cuadros que representan Los Evangelistas San Juan y San Mateo, originales del difunto pintor D. Eduardo Rosales, que la señora viuda de dicho señor solicita se adquieran por el Estado para el Museo Nacional de Pintura y Escultura... y de conformidad con el dictamen de su Sección de Pintura, tiene el honor de informar a V. E. que de la autenticidad de los cuadros de Rosales, responde; que respecto al mérito de los mismos, no hay necesidad de encarecerlos siendo obras del autor del célebre cuadro El Testamento de Isabel la Católica; y en cuanto a su valor, entiende que pueden justipreciarse en la cantidad de 10.000 pesetas cada uno.”

En nuestro archivo poseemos una carta dirigida a “Dª. Maximina Martínez, viuda de Rosales” con fecha de 29 de enero de 1891, cuya firma no hemos podido identificar, en la que se dice que “ha conferenciado con los Sres. Bosch y Ulibarri”. Bosch le ha dicho que no puede entregar los cuadros (de los Evangelistas) si no es a la persona que se los entregó en tal concepto. Ulibarri dice que se puede ver el expediente número 25 referente a cuentas de Santo Tomás por obras de 1873, donde aparece que Rosales ha recibido los 20.000 reales como pago total de los Evangelistas San Juan y San Mateo, ajustados en 10.000 reales cada uno y cuyo expediente, si mal no ha entendido el firmante, están en las oficinas del Obispado. El Sr. Ulibarri tiene una carta, del 30 de mayo del 73, que el firmante cree autógrafa de Rosales, por la que pedía cinco mil reales como mitad del precio de un Evangelista. Pero lo que no ha visto es el documento en el que conste que Rosales haya recibido 20.000 reales.
Sabemos que no fueron devueltos a la familia y que del Prado pasaron al Obispado de Madrid al parecer en 1891. Incautados durante la guerra civil, en 1937. Se instalaron en la antesala del despacho del Sr. Cardenal de Madrid en el Palacio Episcopal de la calle San Justo, 2.

Hoy se encuentran, desde noviembre de 2017, en la Catedral de Ntra. Sra. la Real de la Almudena (Madrid).

Eduardo Rosales: Evangelista san Juan (L. 285,4 x 204,2 cm) y Evangelista san Mateo (L 286,5 x204,5 cm) 1873.
Eduardo Rosales: Evangelista san Juan (L. 285,4 x 204,2 cm) y Evangelista san Mateo (L 286,5 x204,5 cm) 1873.
Catedral de Ntra. Sra. la Real de la Almudena. Madrid.

Cabeza del evangelista San Mateo, L. 50x37cm, 1873. Museo Nacional del Prado
Cabeza del evangelista San Mateo, L. 50x37cm, 1873. Museo Nacional del Prado.

Dibujos Preparatorios
Dibujos preparatorios

Luis Rubio Gil

Febrero 2018