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LA MUERTE DE LUCRECIA.

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FICHA TÉCNICA

Autor: Eduardo Rosales (Madrid. 1836-1873) Nacionalidad: Español. Obra: La Muerte de Lucrecia. Técnica: Óleo sobre lienzo. Medidas: 257 X347 cm. Estilo: Romántico. Escuela: Española  S. XIX.

 

FICHA ARTÍSTICA

ANÁLISIS FORMAL

• COMPOSICIÓN

Es muy sencilla. Asimétrica. Los personajes son los cinco imprescindibles para narrar la escena. El escenario reducido a un dormitorio en el que se adivina un lecho, parcialmente oculto por una gran cortina, una silla curul y un pedestal que sostiene la imagen de una divinidad y ante ella una pequeña lámpara humeante y una palma.  El grupo principal se inscribe en un triángulo.

 

• PERSONAJES

Son cinco los que forman la escena: Valerio, Lucrecia, sostenida por su padre Spurio Lucrecio y su esposo Colatino y Bruto.  La figura de Bruto fue la que más estudió el pintor ensayando diversas posturas hasta dar con la que plasmó en el lienzo.  Valerio pasó de mero contemplador de la escena, a cubrirse el rostro horrorizado.  El grupo central apenas sufrió  modificaciones en los últimos bocetos.  El brazo encogido de Lucrecia, en los dibujos preparatorios lo cambió, después de varias tentativas, hasta representarlo inerte.  Rosales se esforzó en hacer aflorar en el rostro y la actitud de los personajes los pensamientos y sentimientos que albergaban en su mente y en su corazón.

 

• MOVIMIENTO

Todo es movimiento en este óleo. Los personajes adquieren una realidad portentosa, el aire circula entre ellos y aísla unos de otros, y aunque valorados en su individualidad, están en contacto por el movimiento de la escena que es todo ritmo y comunicación.   Nos dan la impresión de ser un bloque humano, denso de corporeidad.  Gestos expresivos de los personajes que aparecen agitados por la indignación del ultraje y el espanto por el suicidio de Lucrecia.

• LA LUZ

El claroscuro con precisas veladuras da cierto ambiente de penumbra y al mismo tiempo contribuye a iluminar las figuras, reforzando las expresiones de los personajes.

 

• LOS COLORES

Sobre un dibujo riguroso aplica el óleo con empastes densos que modelan las figuras y sus ropajes. Pinceladas sueltas, amplias, iconexas, vigorosas, que en ocasiones dejan al descubierto el lienzo.  La gama de color es sumamente reducida usando tonalidades frías.  Trazos largos y densos que marcan los volúmenes de los personajes y los pliegues de las ropas.

 

FICHA TEMÁTICA

• EL TEMA

El suicidio de Lucrecia violada por Tarquinio y el juramento de venganza de Bruto, que dio origen a la caída de la Monarquía romana y el advenimiento de la República.

 

• LA ICONOGRAFÍA

La leyenda de la romana Lucrecia narrada por Tito Livio. Dionisio de Halicarnaso, Ovidio y Virgilio, en la antigüedad clásica, inspiró a varios artistas atraídos por la enseñanza moral y la sugestión trágica de su muerte, principalmente en el renacimiento pues esta historia cargada de sentimiento podía dar rienda suelta a su capacidad de expresión a literatos, músicos, escultores, pintores y grabadores.

 

• PINTURA

La pintura renacentista reflejó la tragedia vivida por Lucrecia que aparecía como ejemplo de las virtudes romanas convirtiéndose en protagonista del arte europeo e italiano en particular. También sirvió de excusa en el renacimiento para mostrar el desnudo femenino. El rococó buscó regenerar con este tema la moralidad de la aristocracia corrupta. Algunos la pintaron, sola apuñalándose el pecho.

 

La nómina de pintores que trataron el tema es abundante: Alberto Durero, Tiziano, Giovanni Antonio Bazzi (Il Sodoma), Lucas Cranach el viejo, Sandro Botticceli, Joos Van Cleve, Master de Holy Blood, Guido Reni, Giulio Romano, Rafael, Jan Van Scorel, Paolo il Giovano, Tintoretto, Paolo Veronese, Lucca Giordano, Lucca Cambiaso, Simón Vouet, Artemisia Gentileschi, Rembrandt, Felice Ficherelli, Jean François de Troy, Gianbattista Tiepolo, Andrea Casali etc.

Lucrecia moribunda fue esculpida por el escultor catalán Damián Campeny.

En Internet si se busca: La muerte de Lucrecia, aparecerán numerosas páginas con reproducciones de las obras de los autores citados y otros.

 

• LITERATURA

Anónimo. Cancionero de Tarquinio y Lucrecia (poema). Hans Sachs: Lucrecia (tragedia). 1527. William Shakespeare: La violación de Lucrecia (Poema). 1594. Pierre Du Ryer: Lucrecia (Tragedia). 1638.  Nicolás Fernández de Moratín: Lucrecia (Tragedia) 1763. (No se representó). Stanko B. Vranick: Soneto a Lucrecia.

 

• MÚSICA

George Friedrich Händel: Lucrecia (Cantata). 1706. Leopoldo Cano y Masas: La muerte de Lucrecia (Ópera). 1884. Benjamín Britten: La violación de Lucrecia (Ópera) 1996.

 

• INTENCIÓN DEL AUTOR

 “Pintar una obra de impresión y de impresión vigorosa y enérgica que debe ante todo hablar al alma y no solo al sentido…” (Eduardo Rosales).

La historia de la ideación del cuadro comenzó al poco tiempo de haber sido tan premiada su “Doña Isabel la Católica dictando su testamento”. Frente a los diez meses que tardó en acabar esa obra, “La muerte de Lucrecia” le llevo cinco años. No hizo tantos dibujos y bocetos como para el “Testamento”.

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Antes de contemplar el cuadro puedes leer la historia de Lucrecia según alguno de los autores que transcribimos.

Considerar estos aspectos:

• Escena de gran tensión emocional.

• Los personajes están modelados por la técnica del claroscuro resaltando partes de la composición. Tipos muy expresivos captados de modelos del natural. Expresan su estado de ánimo a través del gesto, de la postura, de la mirada: sorpresa, dolor, ira….

• Luz y sombra que envuelve a los personajes creando una gran volumetría.

• La masa de luz y sombra crean efectos atmosféricos y lumínicos.

• Brazo de Lucrecia de extraordinaria belleza pictórica.

• Composición asimétrica, el grupo central inscrito en un esquema triangular.

• La perspectiva aérea ayuda a sugerir la distancia que subraya el enlosado del suelo.

• Gama cromática austera. Perfección en el dibujo.

• El movimiento está sugerido por las posturas y acciones de los personajes.

 

FUENTES LITERARIAS

 

TITO LIVIO: AB URBE CONDITA LIBRI. LIBRO I CAP. 57,58,59 

 

En los cuarteles de asedio, como suele ocurrir en las operaciones bélicas prolongadas más que intensivas, los permisos se daban con bastante facilidad, más sin embargo a los oficiales que a la tropa; por lo que respecta a los jóvenes hijos del rey, mataban a veces el tiempo reuniéndose en festines y francachelas. Un día en que estaban éstos bebiendo en la tienda de Sexto Tarquinio, en una cena en la que participaba también Tarquinio Colatino, hijo de Egerio, recayó la conversación sobre sus esposas. Cada uno ponía por las nubes a la suya; enseguida se acalora la discusión y Colatino dice que no hay por qué seguir discutiendo, que en cuestión de horas se puede comprobar cuánto aventaja su Lucrecia a las demás: “Dado que somos jóvenes y fuertes, ¿por qué no montamos a caballo vamos a cerciorarnos personalmente del comportamiento de nuestras mujeres? Que cada uno dé un valor definitivo a lo que vea con sus propios ojos ante la llegada inesperada del marido.”

El vino los había encendido: “¡Vamos ya!”, dicen todos; a galope tendido vuelan a Roma. Llegan al empezar a oscurecer; continúan hasta llegar a Colacia, y allí encuentran a Lucrecia, no como a las nueras del rey, a las que habían visto entreteniendo el tiempo con sus amigas en un suntuoso banquete, sino trabajando la lana bien entrada la noche sentada en medio de su casa rodeada por sus esclavas también en vela. Lucrecia se llevó la palma en aquella disputa acerca de las mujeres. La llegada de su esposo y de los Tarquinios fue recibida con afabilidad. El marido ganador tiene la cortesía de invitar a los jóvenes príncipes. Entonces se apodera de Sexto Tarquinio el deseo funesto de poseer por la fuerza a Lucrecia, seducido por su belleza unida a su recato ejemplar. Por fin, después de una noche  de entretenimientos propios e la juventud, regresan al campamento.

Pasados algunos días, Sexto Tarquinio, a espaldas de Colatino, vuelve a Colacia con un solo acompañante. Ajenos a sus propósitos, lo recibieron atentamente; después de la cena fue conducido al aposento de los huéspedes. Encendido por la pasión, cuando le pareció que en torno suyo estaba todo tranquilo y que todos estaban dormidos, desenvainó la espada, se acercó a Lucrecia, que estaba dormida, y apretando el pecho con la mano izquierda le dice: “Silencio, Lucrecia; soy Sexto Tarquinio; estoy empuñando la espada; si das una voz, te mato.” Al despertar despavorida la mujer, se vio sin ayuda ninguna y al borde de una muerte inminente; entretanto, Tarquinio le confesaba su amor, suplicaba, alternaba amenazas y súplicas, trataba por todos los medios de doblegar la voluntad de la mujer. Al verla firme y sin ceder ni siquiera ante el miedo a morir, acentúa su miedo con la amenaza del deshonor: le dice que junto a su cadáver colocará el de un esclavo degollado y desnudo, para que se diga que ha sido muerta en degradante adulterio. El miedo a tal deshonor doblegó aquella virtud inquebrantable y Tarquinio, como si hubiese sido la pasión la que había salido triunfante, se marchó orgulloso de haber arrebatado el honor a una mujer. Lucrecia, abatida por tan tremenda desdicha, envía a un mismo mensajero a su padre a Roma y a su marido a Árdea a decirles que vengan cada uno con un amigo de su confianza, que es preciso actuar inmediatamente, que ha ocurrido algo horrible. Espurio Lucrecio acude con Publio Valerio, hijo de Voleso, y Colatino con Lucio Junio Bruto, con el que casualmente volvía a Roma cuando encontró al emisario de su mujer. Encuentran a Lucrecia sentada en su aposento, sumida en el abatimiento. Al llegar los suyos, rompió a llorar y, al preguntarle su esposo: “¿Estás bien?”, contestó: “No. ¿Cómo puede estar bien una mujer que ha perdido el honor? Colatino, hay huellas de otro hombre en tu lecho; ahora bien, únicamente mi cuerpo ha sido violado, mi voluntad es inocente; mi muerte te dará fe de ello. Pero dadme la diestra y la palabra de que el culpable no quedará sin castigo. Es Sexto Tarquinio el que, comportándose como un enemigo en lugar de cómo un huésped, la pasada noche vino aquí a robar, armado y por la fuerza, un placer funesto para mí, y para él si vosotros sois hombres”.

Todos dan su palabra, uno tras otro, y tratan de mitigar su intenso dolor responsabilizando de la culpa al autor del atropello, y no a la que se ha visto forzada; que es la voluntad la que comete la falta, no el cuerpo, y no hay culpa donde no ha habido intencionalidad. “Vosotros veréis – responde – cuál es su merecido; por mi parte, aunque me absuelvo de culpa, no me eximo de castigo; en adelante ninguna mujer deshonrada tomará a Lucrecia como ejemplo para seguir con vida”.

Se clavó en el corazón un cuchillo que tenía oculto entre sus ropas, y doblándose sobre su herida se desplomó, moribunda, entre los gritos de su marido y de su padre. Bruto entonces arrancó el puñal de su pecho y dijo: “ por esta sangre pura, yo juro delante de los dioses que perseguiré a Lucio Tarquinio Soberbio y a toda su cruel família con fuego, hierro, o de la materia que pueda y que ninguno de esos, ni otro alguno, será de hoy en adelante rey de Roma”.

DIONISIO DE HALICARNASO. HISTORIA DE ROMA.

 

“…Hacia los fines del siglo VI a.C., la dominación etrusca sobre Roma comenzó a declinar, como consecuencia del debilitamiento del poder etrusco a causa de los ataques e invasiones de los pueblos de la galia cisalpina en el valle del Pó.

Según la leyenda, no obstante la expansión que Tarquino el Soberbio aportó a Roma, su gobierno despertó gran descontento entre las familias patricias de la ciudad, cuya influencia política ignoró. Hacia el año 509 a.C., un episodio originado en la pretensión amorosa de un hijo de Tarquino contra Lucrecia una mujer casada que por tal motivo se suicidó frente a su esposo desencadenó una revuelta que culminó con la expulsión de Tarquino y la modificación del sistema de gobierno de la ciudad. En vez de un rex vitalicio, los romanos decidieron nombrar dos magistrados de gobierno, los cónsules, y otorgarles autoridad temporal, solamente por un año.

Lo cierto es que, probablemente a consecuencia del debilitamiento del poder etrusco, en el 509 a.C. los jefes de las gens latinas de Roma lograron expulsar la dinastía etrusca; y establecieron lo que se denomina como la república patricia.”